A principios de la década de 1990, Peyton procedió a tener exposiciones individuales en sitios no tradicionales, como el baño en Novecento, un antiguo restaurante en el centro de Nueva York (1992); la habitación 828 en el Hotel Chelsea, Nueva York (organizado por Gavin Brown; 1993); y en el Prince Albert Pub de Londres (1995).
Elizabeth Peyton (nacida en 1965) asistió a la Escuela de Artes Visuales en Nueva York desde 1984 hasta 1987. Tuvo su primera exposición individual en 1987 en la Althea Viafora Gallery de Nueva York. La artista tiene su sede en Nueva York y París.

Elizabeth Peyton comprende que la belleza ya no es un elemento imprescindible del arte, pero también advierte que la belleza es un elemento imprescindible en la vida de las personas. En estos tiempos, en que no queda más que “rendirse a la orgía de tolerancia, al sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo de la belleza”, Peyton no se adhiere a un canon específico de perfección física, lo cual sería absurdo: “Lo que quiero es plasmar la belleza, pero yo no considero que la hermosura se restrinja a ser guapo; creo que es ético afirmar que en este mundo existen cosas bellas y me parece de lo más lícito desearlas y vivir por ellas. En eso se resume todo: en la vida y la belleza, y en cómo ambas se hallan en las personas”.
Pese a las hermosas imágenes que se contemplan en los cuadros de Peyton, su ideal de la belleza es más intangible, pues reside en el amor que le inspiran sus modelos y no en sus atributos físicos (aunque algunos de éstos sean dignos de admiración). Ya lo había expresado la poetisa griega Safo de Lesbos: “Dicen unos que una tropa de jinetes, otros la infantería/y otros que una escuadra de navíos, sobre la tierra oscura es lo más bello; más yo digo que lo más bello es lo que uno ama”. La obra de Peyton nos invita a servirnos de las cosas bellas a modo de escalones, para ir ascendiendo, a la manera platónica de El banquete, de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y a partir de los conocimientos acabar en la belleza absoluta.
Elizabeth Peyton transforma la banalidad en trascendencia a través de retratos donde sus sujetos, sistemáticamente apartados del espectador, encarnan una tensión entre presencia y ausencia. Su técnica pictórica única, que recuerda a la miel líquida, crea un aura etérea que oscila entre la melancolía y el glamour.
En 2019, la National Portrait Gallery, Londres, presentó Elizabeth Peyton: Aire and Angels, en la que se presentaron las pinturas del artista junto con obras históricas de retratos extraídas de la colección permanente del museo. El Centro de Arte Contemporáneo de la UCCA, Beijing, presentó la exposición individual Elizabeth Peyton: Practice en 2020. En 2025, el trabajo de Peyton se presentó en la exposición colectiva Copistes en el Centre Pompidou-Metz, Francia, que se organizó en colaboración especial con el Museo del Louvre.

El hecho de que su obra esté basada en pinturas conocidas, fotografías de revistas y portadas de discos no le resta méritos. Los artistas actuales (surgidos a partir de los años noventa), a diferencia de sus predecesores (quienes alcanzaron la madurez artística antes o en la década de los setenta), no están acomplejados por el origen de su material. En la década de los ochenta, Mary Heilmann le reclamó a sus alumnos Alexis Rockman (artista que parodia las ilustraciones de la naturaleza de los libros infantiles y los carteles de los museos de historia natural, mostrando una naturaleza alterada por conveniencia humana, como el pez de tres ojos que salta del estanque de la planta nuclear de Springfield, en la caricatura de Los Simpsons) y Elizabeth Peyton, que lo que hacían no era arte, sino mera ilustración; años más tarde Heilman reconoció: “Me alegro por ellos. Se mantuvieron en sus trece y les salió bien”. Si bien los retratos de Elizabeth Peyton pueden parecer triviales y cursis, no son más que un representación de nuestra naturaleza humanidad, que tiene mucho de superficial, pero también posee esa joie de vivre. Ya lo señala Tony Godfrey, en su libro La pintura hoy: “Los pintores son como el resto de los mortales: han crecido a base de una dieta televisiva de teleseries, concursos y revistas adolescentes. Para un artista, reflejar el mundo tal como lo hace Peyton puede constituir una vulgaridad, pero no es más que un reflejo de la realidad que moldea el imaginario de nuestra cultura tanto como la calle, la mitología o la naturaleza”
En la obra Elizabeth Peyton los retratos de las personas que amamos y admiramos nos plantean nuestro propio anhelo de trascendencia, es decir, cómo nos gustaría ser recordados; pues la memoria es el boleto a la eternidad, y la forma en que nos recordarán no es un asunto menor; al igual que las hijas de Mileto, nos gustaría que la última imagen que tuvieran de nosotros fuera algo digno de admiración y no de vergüenza.



